domingo, 6 de noviembre de 2011

Una tarde de verano


Esa risa desenfadada y natural; esos labios pegados a tu oreja que se funden en un susurro envuelto en aire caliente, un susurro que te eriza los pelos de la nuca. De nuevo vuelve a reír. Se aleja, salta, se contorsiona al estirarse una vez levantada de la cama y emite un pequeño gemidito mientras lo hace. Qué guapa está sonriendo delante de la ventana, a contraluz. Lleva el pelo recogido en un moño, con unos cuantos mechones sueltos y ondulados que caen a los lados de la cara y sobre los hombros, y sólo unas braguitas marrones y una camiseta de tirantes del mismo color cubren su cuerpo tan frágil, tan suave, tan perfecto. Son más o menos las 4 de la tarde de un día de julio. Acabamos de levantarnos de la siesta y ha sido el mejor despertar de mi vida. Esa risa desenfadada y natural; esos labios pegados a tu oreja que se funden en un susurro envuelto en aire caliente, un susurro que te eriza los pelos de la nuca... La quiero.

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