Presientes que algo malo se
acerca. Lo hueles, podría decirse que ya lo estás viendo, pero lo ocultas tanto
tiempo como puedes en lo más profundo de tu ser. ¿Por qué ocultar algo que te
duele tanto? Puede parecer algo estúpido, pero cuando te engañas pensando que
la situación actual no te hace tanto daño y que así por lo menos tienes a esa
persona contigo, ocultarlo parece siempre la mejor opción; la única opción. Por
desgracia, esto pasa más a menudo de lo que debería y demasiadas veces acaba
como se esperaba desde un principio —desastrosamente—, solo que bastante tiempo
después del que debería, tiempo que no ha pasado sin más, sino que ha sido una
tortura psicológica que nadie en este mundo debería experimentar nunca. Os voy
a contar un cuento.
***
Había una vez una muchacha
que vivía en una humilde casa de un pueblo cuyo nombre no importa. Era una
chica normal, salvo por una excepción: cuando era un bebé, una hechicera del
reino le echó un encantamiento mientras dormía en la cuna, pero nadie la vio hacerlo
ni supo lo que había pasado.
Cuando la niña se hizo mayor,
pareció haber crecido sana y fuerte, bella por dentro y por fuera: se observaba
en ella un resplandor que llamaba la atención de muchos hombres. A lo largo de
su vida estuvo con varios hombres, pero todas sus relaciones siguieron un hilo
temporal similar y un desenlace aún más parecido.
Al principio era todo
perfecto: ella era una princesa y su pretendiente, como un joven príncipe, la
colmaba de atenciones, estaba loco por ella, rezumaba alegría y se maravillaba
por haber tenido tanta suerte encontrando a aquella muchacha que tan perfecta
le parecía. Ella pensaba lo mismo, lo veía todo perfecto, no pensaba que nada
pudiera estropear aquella historia.
Sin embargo, tras dos meses
perfectos, casi de la noche a la mañana el conjuro hacía efecto y el príncipe
dejaba de ver a la bella princesa y de repente veía la cara deforme de una
bruja que nada tenía que ver con la mujer de la que se había enamorado. Pero a
pesar de ello, no hablaba con ella para dejarla o se marchaba sin más, sino que
se quedaba a su lado, pero ausente de espíritu: no más atenciones para la
princesa, no más sonrisas, no más echarla de menos, no más nada. Al principio
la princesa lo tomaba como un mal día, luego como una mala semana y luego se
preguntaba si habría hecho algo que molestara al príncipe. Pero cuando hablaba
con él, este sólo contestaba que no, que todo estaba bien y que no pasaba nada.
Mas todo seguía igual, la princesa empezaba a desesperarse, probaba a dejarle
espacio para no agobiarle, luego a ser la princesa más cariñosa del reino, y
nada funcionaba, nada parecía importarle o conmoverle el espíritu.
Y tras mucho tiempo así, en
que la princesa se aferraba a la idea de que seguir sufriendo valía la pena
porque algún día todo volvería a ser como al principio, finalmente todo
acababa, la historia terminaba de un modo u otro y la princesa se quedaba sola,
con su dolor, esperando a que otro príncipe viniese a colmarla de atenciones,
por otros dos maravillosos pero efímeros meses.
Harta de la misma historia
una y otra vez y con los pedacitos de su corazón fuera del pecho y guardados en
una cajita para que nadie pudiera volver a dañarlos nunca más, la muchacha ató
cabos y descubrió lo que había estado pasando con el conjuro y el aspecto de
bruja desfigurada. Desesperada, echó a correr por el bosque, sin rumbo fijo,
simplemente para desahogarse corriendo, gritando y llorando. Pero un hada que
la vio llorar le explicó, tras escuchar su historia, que ese encantamiento no
existía y que nadie la había estado viendo como una bruja desfigurada, sino que
todas aquellas experiencias negativas la habían llevado a inventar algo que
explicara lo que le había estado sucediendo con los príncipes, porque el dolor
de lo que se puede explicar siempre es menor y más fácil de curar que el de lo
inexplicable, de lo cual tendemos a culparnos a nosotros mismos.