lunes, 19 de marzo de 2012

Reflexiones, desahogo, lo que mierdas sea



Presientes que algo malo se acerca. Lo hueles, podría decirse que ya lo estás viendo, pero lo ocultas tanto tiempo como puedes en lo más profundo de tu ser. ¿Por qué ocultar algo que te duele tanto? Puede parecer algo estúpido, pero cuando te engañas pensando que la situación actual no te hace tanto daño y que así por lo menos tienes a esa persona contigo, ocultarlo parece siempre la mejor opción; la única opción. Por desgracia, esto pasa más a menudo de lo que debería y demasiadas veces acaba como se esperaba desde un principio —desastrosamente—, solo que bastante tiempo después del que debería, tiempo que no ha pasado sin más, sino que ha sido una tortura psicológica que nadie en este mundo debería experimentar nunca. Os voy a contar un cuento.

***

Había una vez una muchacha que vivía en una humilde casa de un pueblo cuyo nombre no importa. Era una chica normal, salvo por una excepción: cuando era un bebé, una hechicera del reino le echó un encantamiento mientras dormía en la cuna, pero nadie la vio hacerlo ni supo lo que había pasado.

Cuando la niña se hizo mayor, pareció haber crecido sana y fuerte, bella por dentro y por fuera: se observaba en ella un resplandor que llamaba la atención de muchos hombres. A lo largo de su vida estuvo con varios hombres, pero todas sus relaciones siguieron un hilo temporal similar y un desenlace aún más parecido.

Al principio era todo perfecto: ella era una princesa y su pretendiente, como un joven príncipe, la colmaba de atenciones, estaba loco por ella, rezumaba alegría y se maravillaba por haber tenido tanta suerte encontrando a aquella muchacha que tan perfecta le parecía. Ella pensaba lo mismo, lo veía todo perfecto, no pensaba que nada pudiera estropear aquella historia.

Sin embargo, tras dos meses perfectos, casi de la noche a la mañana el conjuro hacía efecto y el príncipe dejaba de ver a la bella princesa y de repente veía la cara deforme de una bruja que nada tenía que ver con la mujer de la que se había enamorado. Pero a pesar de ello, no hablaba con ella para dejarla o se marchaba sin más, sino que se quedaba a su lado, pero ausente de espíritu: no más atenciones para la princesa, no más sonrisas, no más echarla de menos, no más nada. Al principio la princesa lo tomaba como un mal día, luego como una mala semana y luego se preguntaba si habría hecho algo que molestara al príncipe. Pero cuando hablaba con él, este sólo contestaba que no, que todo estaba bien y que no pasaba nada. Mas todo seguía igual, la princesa empezaba a desesperarse, probaba a dejarle espacio para no agobiarle, luego a ser la princesa más cariñosa del reino, y nada funcionaba, nada parecía importarle o conmoverle el espíritu.

Y tras mucho tiempo así, en que la princesa se aferraba a la idea de que seguir sufriendo valía la pena porque algún día todo volvería a ser como al principio, finalmente todo acababa, la historia terminaba de un modo u otro y la princesa se quedaba sola, con su dolor, esperando a que otro príncipe viniese a colmarla de atenciones, por otros dos maravillosos pero efímeros meses.

Harta de la misma historia una y otra vez y con los pedacitos de su corazón fuera del pecho y guardados en una cajita para que nadie pudiera volver a dañarlos nunca más, la muchacha ató cabos y descubrió lo que había estado pasando con el conjuro y el aspecto de bruja desfigurada. Desesperada, echó a correr por el bosque, sin rumbo fijo, simplemente para desahogarse corriendo, gritando y llorando. Pero un hada que la vio llorar le explicó, tras escuchar su historia, que ese encantamiento no existía y que nadie la había estado viendo como una bruja desfigurada, sino que todas aquellas experiencias negativas la habían llevado a inventar algo que explicara lo que le había estado sucediendo con los príncipes, porque el dolor de lo que se puede explicar siempre es menor y más fácil de curar que el de lo inexplicable, de lo cual tendemos a culparnos a nosotros mismos.